Orden Martinista & Sin�rquica


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Cristianismo versus Catolicismo

Doctrina Martinista

Louis-Claude de Saint-Martin
Extracto de su obra "El Ministerio del Hombre-Esp�ritu"


Escritores de un gran talento han tratado de ense�arnos los efectos gloriosos del cristianismo. Pero aunque se lean sus mejores obras con una gran admiraci�n, no se encontrar� all� lo que su autor trataba de demostrar, a mi entender, viendo que reemplazaban muchas veces los principios por juegos ingeniosos de elocuencia, e incluso, si lo deseamos, por la poes�a; yo no los leo m�s que con la m�s extrema de las precauciones. Sin embargo, si hago algunas rese�as sobre sus escritos, no es ciertamente ni como un ateo ni un incr�dulo como oso permit�rmelo. He combatido mucho tiempo a los mismos enemigos que atacan estos autores con valor, y mis principios en este g�nero me han hecho con la edad adquirir mayor consistencia.

No es tampoco, por otra parte, ni como literato ni como erudito la forma en que ofrecer� mis observaciones, aunque deje sobre estos dos puntos las ventajas de que no carecen. Es como aficionado a la filosof�a divina la manera en que me presentar� en la lid, y bajo este t�tulo no deben despreciarse las reflexiones de un colega que, como ellos, ama por encima de todo lo que es verdad.

El principal reproche que les hago es el de confundir en todos los puntos el cristianismo con el catolicismo; lo que hace que su idea fundamental, no poseyendo el suficiente aplomo, la ofrecen necesariamente en su camino hacia un traqueteo fatigante para los que quisieran seguirles, pero que est�n acostumbrados a marchas sobre caminos mejor pavimentados. [...]

El verdadero cristianismo es no solamente anterior al catolicismo, sino incluso al propio t�rmino "cristianismo". El nombre de cristiano no figura ni una sola vez en el Evangelio, pero el esp�ritu que corresponde a este t�rmino queda muy claramente expresado, y consiste, seg�n San Juan (I, 12)
en el poder de llegar a ser hijos de Dios; y el esp�ritu de los hijos de Dios o de los Ap�stoles del Cristo y de los que han cre�do en �l es (seg�n San Marcos, XVI, 20) que el Se�or coopere con ellos y que confirme sus palabras con los milagros que las acompa�en. Bajo este punto de vista, para encontrarse realmente en el seno del cristianismo es necesario estar unido en esp�ritu al Se�or y haber consumado la completa alianza con �l.

En relaci�n con esto, el verdadero genio del cristianismo ser�a menos el constituir una religi�n que el t�rmino y lugar de reposo de todas las religiones y todos los caminos laboriosos, a trav�s de los cuales la fe de los hombres y la necesidad de purgarse de sus faltas les obliga a caminar diariamente.

De esta forma, existe algo muy destacable, que en los cuatro Evangelios, que descansan en el esp�ritu del verdadero cristianismo, la palabra religi�n no se menciona ni una sola vez y que, en los escritos de los ap�stoles que completan el nuevo testamento, s�lo se menciona cuatro veces: una en los Hechos (XXVI, 5), en donde el autor se refiere a la religi�n jud�a; la segunda en los Colosenses (II, 18), donde el autor se limita a condenar el culto o la religi�n de los �ngeles; la tercera y cuarta figuran en la Ep�stola de Santiago (I, 26 y 27), donde dice simplemente: 1)
aqu�l que no reprime su lengua y libra su coraz�n a la seducci�n, no posee m�s que una religi�n vana, y 2) la religi�n pura y sin m�cula consiste en visitar a los hu�rfanos y las viudas en sus aflicciones y guardarse de la corrupci�n del siglo; ejemplos a trav�s de los cuales el cristianismo parece tender m�s hacia una sublimidad divina o hacia el lugar de reposo que a revestirse de los colores que acostumbramos a denominar religi�n.

He aqu� un cuadro de las diferencias entre el cristianismo y el catolicismo:

El cristianismo no es sino el esp�ritu de Jesucristo en su plenitud, y una vez que este divino reparador ha realizado todos los grados de su misi�n,
que empez� a cumplir en el mismo momento en que se produjo la ca�da del hombre, prometi�ndole que la raza de la mujer aplastar�a la cabeza de la serpiente. El cristianismo es el complemento del sacerdocio de Melquisedec; es el alma del Evangelio, es el que hace circular en dicho Evangelio todas las aguas vivas de las que las naciones tienen necesidad para liberarse.

El catolicismo, al que corresponde propiamente el t�tulo de religi�n, es la v�a de pruebas y trabajos precisos para llegar al cristianismo.

El cristianismo es la religi�n de la liberaci�n y de la libertad; el catolicismo no es sino el seminario del cristianismo, la regi�n en donde moran las reglas y disciplinas del ne�fito.

El cristianismo llena toda la tierra por igual con el esp�ritu de Dios; el catolicismo s�lo llena una limitada regi�n del globo, aunque su t�tulo lo presente como universal.

El cristianismo lleva nuestra fe hasta la regi�n luminosa de la eterna palabra divina; el catolicismo limita esta fe en las fronteras de la palabra escrita o las tradiciones.

El cristianismo dilata y ampl�a el uso de nuestras facultades intelectuales; el catolicismo encierra y circunscribe el ejercicio de estas mismas facultades.

El cristianismo nos muestra a Dios al descubierto en el seno de nuestro ser, sin el recurso de formas y f�rmulas; el catolicismo nos hace abandonar la relaci�n con nosotros mismos para encontrar a Dios oculto bajo el aparato de las ceremonias. [...]

El cristianismo no hace ni monasterios ni anacoretas, porque no puede aislarse m�s de lo que lo hace la luz del sol, y de manera id�ntica trata de difundir todo su esplendor. Es el catolicismo el que ha poblado los desiertos de solitarios, y las ciudades de comunidades religiosas, unos para dedicarse con mayor aprovechamiento a su salvaci�n individual y los otros para ofrecer al mundo, que consideran corrompido, algunas im�genes de virtud y piedad que lo espabilar�n de su let�rgia.

El cristianismo no tiene ninguna secta, porque abarca la unidad, y siendo �nica, no puede dividirse consigo misma. El catolicismo ha visto nacer en su seno multitud de cismas y sectas que han ido incrementando el reino de la divisi�n, m�s que el dominio de la concordia, y este propio catolicismo, cuando se crey� en el m�s perfecto grado de pureza, apenas encuentra dos miembros de su fe que posean una creencia uniforme.

El cristianismo no ha hecho jam�s cruzadas; la cruz invisible que lleva en su seno no tiene por finalidad m�s que el consuelo y la felicidad de todos los seres. Ha sido una falsa imitaci�n de este cristianismo, por no decir m�s, el que ha inventado estas cruzadas, y ha sido inmediatamente el catolicismo quien las ha adoptado; pero es el fanatismo quien las ha dirigido, el jacobinismo quien las compuso y el anarquismo el que se puso a su frente, y por �ltimo el "bandolerismo" el que las ha realizado.

El cristianismo s�lo le ha hecho la guerra al pecado; el catolicismo va por el sendero de las autoridades y las instituciones. El cristianismo no es m�s que la ley de la fe; el catolicismo es la fe de la ley.

El cristianismo es la instalaci�n completa del alma del hombre en el rango de ministro y obrero del Se�or; el catolicismo limita al hombre en el seno de su propia salud espiritual.

El cristianismo une sin cesar al hombre a Dios, como siendo, por su naturaleza, dos seres inseparables; el catolicismo, al utilizar en ocasiones el mismo lenguaje, nutre, sin embargo, al hombre de tantas formas que le hace perder de vista su objeto real y le hace adquirir, o incluso viciarse, en numerosos h�bitos que no sirven siempre para el provecho de su verdadero avance. [...]

El cristianismo es una activa y perpetua inmolaci�n espiritual y divina, sea del alma de Jesucristo, sea de la nuestra. El catolicismo, que descansa particularmente en la misa, no ofrece en ella m�s que una inmolaci�n ostensible del cuerpo y sangre del Reparador. [...]

El cristianismo pertenece a la eternidad; el catolicismo es del tiempo.

El cristianismo es el t�rmino; el catolicismo, a pesar de la imponente majestad de sus solemnidades, y por encima de la santa magnificencia de sus admirables rezos, no es m�s que el medio.

Finalmente, es posible que existan muchos cat�licos que no sean capaces de juzgar todav�a en qu� consiste realmente el cristianismo; pero es imposible que un verdadero cristiano no se encuentre en estado de juzgar lo que es realmente el catolicismo y en qu� consiste en realidad lo que libera al ser.




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